Todo estaba puesto. La noche, el cuarto.. el deseo.
Vivir o morir ya no era un dilema si te encontrabas a mi lado. La curiosidad por lo prohibido permanecía triunfante. La batalla entre la vida y la muerte se efectuaba con cada ir y venir, el subir y el bajar de dos cuerpos desnudos.
Te miraba a tus ojos, sabía que era el fin, que después no quedarían rastros de ese momento. De hecho ya nada importaba.
Fuimos dos mentes que se fugaron al infinito, para no volver nunca más. Nos jactamos de haber evadido por ahora al infierno, y dejamos en nuestros labios y cuerpos, las migajas de un beso agridulce, y de una noche loca con sabor a muerte.
